Esperanza son décadas de alegría, energía y mucho esfuerzo concentradas en el cuerpo menudo de una mujer de 81 años. Esperanza son miles de proyectos, es ilusión por seguir trabajando para la gente de su barrio: el Pozo del Tío Raimundo. 

Álvaro Troyano, Voluntario de la Fundación LLORENTE & CUENCA.

Esperanza solo se pierde en sus historias, que va salpicando con miles de anécdotas que sólo una vida dedicada a los demás puede ofrecer. Como aquella vez, cuando recibieron una donación de ropa desde Iberia y vistió a sus vecinos de comandantes y azafatas: “¡Tenías que verles, todos con sus chapas de alas en las camisas blancas y los galones en las chaquetas!”.

La historia de Esperanza empieza de la mano del Padre Llanos hace casi 70 años, cuando este sacerdote franquista llega al Pozo. Ella en seguida empieza a ayudarle con lo que puede. “En aquella época el barrio era todo chabolas, hacía mucha falta alguien como él. Y yo le echaba una mano con lo que necesitara, por ejemplo, iba a las casas de mis vecinas a entregar sobres con dinero. Pero teníamos que tener cuidado, claro, porque si estaba el marido en casa y nos pillaba, se lo quedaba. Así que teníamos que disimular”.

La cara de Esperanza nos va guiando a través de su historia. Su expresividad es contagiosa cuando nos cuenta, con cara de quien ha hecho una trastada, que este sacerdote de derechas que vino al Pozo a “evangelizar” a los vecinos, acabó saliendo con carné de comunista. “¡Imagínate, se lo dio La Pasionaria!”.

Ella se describe, entre risas, como analfabeta funcional. “Por eso no os mando ni un email, de esos. Pero estoy aprendiendo a leer y escribir ahora, no te creas, me está ayudando una amiga de la parroquia. Por eso cuando empecé en la fundación sólo barría, era lo único que sabía hacer”.

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Imagen tomada del versión digital de 20 minutos

Pero eso no es verdad, mantiene un control absoluto sobre la labor social en el Pozo. Desde hace años reparte más de 270 bolsas con comida a casi 1.500 personas y sabe lo que necesitan porque les conoce. Su labor empieza cuando les hace una entrevista para ver si realmente necesitan la ayuda, “aunque normalmente no hace ni falta, si es que les conozco a todos… Cuando están en la cola los jueves, que es cuando entregamos las bolsas, les voy diciendo a los voluntarios: a este métele un poco más, que han tenido que meter a su padre en casa, y ponle más yogures, que los niños están creciendo”.

A esta encantadora octogenaria sólo le mueve un pensamiento, que repite en voz alta como un mantra: “El que tenga hambre, tiene que comer”. Pero su labor no termina ahí, gracias a la ayuda de varias fundaciones como Esperanza y Alegría, han organizado 4 ediciones de un curso de jardinería para alejar a los chicos del barrio de “los muretes”. “Ah, es que a lo mejor no sabes lo que son los muretes, ¿no? Los muretes es donde los chavales del barrio pierden el tiempo, y cuando se aburren sólo piensan en chanchullos y trapicheos y formas de conseguir dinero rápido. Y en dar un palo. Y en el porreteo, ya sabes. Y ahí no tienen ilusiones. Y ahora, sin embargo, empiezan a ser otra cosa. Oye, que algunos te saludan y todo por la calle. Y piensas, ¡anda, si este sabía hablar!”.

Con Esperanza no se acaba nunca la conversación. Cuando crees que no puede haber más historias, te cuenta cómo han estado 25 años con unos chicos discapacitados, ayudándoles a colocarse. “Es que yo tengo una hija deficiente también, ¿sabes? Es ciega. Pero está bien, y a la mayoría de estos chicos les conseguimos una vida digna. Digo a la mayoría porque algunos no querían ser ayudados. Eso a veces pasa, ¿sabes?

Pero eso no para a Esperanza. Porque lo mejor es todo lo que quiere hacer, su historia no se acaba aquí. “De ninguna manera, hay mucho por hacer”. Y no puedes dejar de sentirte pequeño a su lado, pero orgulloso de poder aportar nuestro granito de arena a una vida dedicada a los demás.

Conoce el proyecto que estamos llevando a cabo en Fundación LLORENTE & CUENCA con la Fundación Esperanza y Alegría de nuestra protagonista. El objetivo que tenemos es el de conseguir la inserción socio-laboral de los beneficiarios cubriendo sus necesidades básicas de alimentación y nutrición.