Tal y como decía Simon Sinek en su brillante intervención ‘Millennials in the Workplace’, nuestra generación ha sido acusada de ser narcisista, dispersa e impaciente, siempre en busca de la solución fácil, el camino rápido, el éxito instantáneo. Nos hemos enfrentado tanto a la autoridad establecida, a nuestros superiores, al plan de vida que nuestros padres tenían preparado para nosotros que al final no han tenido más remedio que acabar preguntándonos: ¿pero tú qué quieres?

Cristina Baeza, es Voluntaria de la Fundación LLORENTE & CUENCA.


Nuestro inconformismo se ha confundido muchas veces con rebeldía. Pensémoslo un segundo: somos la primera generación en tener la posibilidad y en darnos a nosotros mismos la libertad de decidir, a conciencia, qué queremos hacer con nuestra vida. La seguridad económica ya no es nuestra única preocupación: buscamos algo más. Y finalmente, tras años de autodescubrimiento, de tropiezos profesionales y de búsqueda errática de aquello que nos hace felices, somos capaces de dar una respuesta casi unánime a esa pregunta: quiero trabajar, pero con propósito e impacto.

Inconformismo o rebeldía pero, ¿no es ésta una ambición extraordinaria?

No va a ser un camino fácil; encontrar nuestro sitio, sin manual de instrucciones y ante la paradoja de las millones de opciones que tenemos a nuestra disposición, ha sido y seguirá siendo una carrera de fondo, pero una que debemos terminar. Chris Guillebeau, autor del manifiesto online ‘A Brief Guide to World Domination’ y el magnífico libro ‘The Art of Non-Conformity’, habla de las dos preguntas básicas que podemos hacernos para descubrir cuál queremos que sea nuestro proyecto: qué quiero conseguir realmente de esta vida y qué puedo ofrecerle yo al mundo que nadie más pueda. Sea cual sea la respuesta -y créeme, el saber responderlas es ya un mérito en sí mismo-, sólo el hecho de plantear estas preguntas y querer desafiar lo que viene dado inicia nuestra búsqueda de propósito e impulsa nuestra voluntad por querer hacer del mundo un lugar mejor.

Algo sí tenemos fácil: estamos más preparados que nunca y tenemos más facilidades de las que nunca tuvieron nuestros predecesores para poner en marcha cualquier proyecto que queramos construir. Yo he decidido embarcarme en la aventura del emprendimiento social, un nuevo concepto de organizaciones que persiguen un objetivo social aplicando estrategias de mercado comunes. El proyecto se llama Social Briefing y está pensado para unir, a través de voluntariados por el mundo, a estudiantes y jóvenes profesionales de la comunicación con ONGs que necesiten de este apoyo. Firmaremos nuestro primer acuerdo este mes, un hito que legitima un sueño que nació hace meses entre cervezas en la otra punta del mundo.

Pero el emprendimiento es sólo un ejemplo. Tanto desde el prisma personal como desde el corporativo existen infinitas maneras de crear impacto social y encontrar un propósito mayor a nuestro trabajo: proyectos pro-bono, voluntariados online, RSC… La clave está en identificar y tener el valor de poner en marcha todas aquellas ideas que nacen para marcar la diferencia.

¿Cuál es la tuya?